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  • Foto del escritorSisu Nue

Juegos peligrosos - I Parte

Cuando despertó, tenía los ojos vendados, estaba sentado en el piso con la espalda recostada en una fría pared y las manos atadas en su espalda. Podía escuchar diferentes voces que se encontraban cerca. Iba agudizando sus sentidos poco a poco y cada vez era más consciente de lo que había a su alrededor.

Se dio cuenta de que las voces eran conocidas. Todos pertenecientes a una de las más grandes y temidas bandas de mafiosos de aquel país; sus compañeros, aquellos con quienes había cometido tantos crímenes antes.

Lo último que recordaba era estar yendo a encontrarse con ellos en el callejón de siempre y ahora estaba aquí, amordazado y totalmente inmovilizado por ellos. Ya sabía muy bien cómo era el tratamiento de estas situaciones en su grupo, había participado muchas veces, aunque desde la otra posición.

En este momento, sabía que todos estaban esperando la llegada del jefe, mientras tanto, algunos jugaban cualquier cosa con tal de apostar dinero, otros hablaban y se contaban de nuevo las mismas historias, mientras que algún otro dormía plácidamente en cualquier parte. Una vez que el jefe estuviera ahí, todos dejarían lo que estuviesen haciendo para poner manos a la obra en su trabajo del día.

Con seguridad no lo dejarían vivir, así era como funcionaba en esta pandilla. No había segundas oportunidades, una vez que alguien era culpado por algo, ese sería su fin.

Entonces el jefe llegó. Él lo supo, aunque no pudiera ver nada. Lo sabía por el súbito sonido de las sillas al correrse y el repentino silencio luego de que todas las conversaciones frenaran de golpe. Después de un corto momento, no podía escuchar nada más que su propia respiración, aunque sí podía sentir las miradas sobre él. Desde atrás, una voz rompió el silencio:

- Destapen sus ojos.

El que se encontraba más cerca, inmediatamente se aproximó y quitó la venda de sus ojos. – ¿Y bien? – dijo el jefe, mientras caminaba hacia él, - ¿Tienes algo que decirme? - soltó, al momento que acercaba su cara sonriente a la de aquel desesperanzado hombre.

- Jefe, le ruego que me explique que cosa he hecho para ofenderlo de esta manera.

- Eres tan formal como siempre. – dijo riendo - ¿Quieres una explicación? ¿No deberías ser tú el que esté dando explicaciones?

El jefe tenía la expresión calmada y sonriente de costumbre, casi como si en vez de atender asuntos de la mafia, estuviera en un día de campo el domingo por la mañana. Era normal que su semblante tranquilo provocara calma y de alguna manera confianza en la gente. Casi siempre conseguía que los prisioneros hablaran a la mitad del tiempo que el resto de sus hombres.

Pero no era el jefe de la mafia sin una razón, aquel hombre alto y bien parecido era el más cruel de todos, perfectamente disfrazado con una imagen pacífica y sincera. La peor parte de esta situación era que el jefe sabía que sus tácticas no funcionarían con uno de sus hombres, así que su falsa amabilidad no duraría mucho tiempo.

- Yo he servido en esta banda por años, ¿Cómo haría algo en su contra? Le pido que me diga que fue lo que hice mal.

- Muchachos, ¿por qué no le refrescamos un poco la memoria a nuestro compañero?

Todos comenzaron a reír. Como si nunca hubiese sido parte de su grupo, justo como si lo acabaran de conocer, solo así pasó a ser un enemigo y el tiempo que compartieron en el pasado como miembros del mismo equipo, no valía en absoluto, harían con él las mismas crueles cosas que los vio hacer antes, no había excepciones.

Dos de ellos se acercaron y agarrándolo cada uno de un brazo, lo levantaron del suelo. Después lo llevaron al sótano donde tenían todo preparado para hacer que les diera hasta el último detalle sobre lo que parecían haber descubierto.

El jefe se paró al frente. Ya no sonreía como antes y comenzó a hablar mientras se acercaba.

- Estoy planeando ser un poco amable ya que hemos estado juntos en esto por un tiempo, pero como bien sabes, no soy una persona paciente y me gustaría que termináramos con esto rápido.

- No sé qué es lo que quieres que diga. Te agradezco que me hayas acogido dentro de la banda cuando no tenía a nadie más, ¿cómo podría hacer algo en tu contra?

- Mi querido amigo, eso es por lo que vine. Ya sabes que no atiendo personalmente todos los asuntos o esto no terminaría jamás, pero necesito unas cuantas explicaciones de cierta persona en la que deposité mi confianza.

- ¡Pero no sé a qué te refieres! Jefe, por favor…

La mirada del líder se volvió sombría al tiempo que observaba a aquel hombre negar algo de lo que estaba seguro. El jefe solo miró hacia un lado una vez, sin decir nada, solo eso fue necesario para que sus hombres empezaran a moverse por la sala de forma tan coordinada que resultaba aterrador. Todos sabían qué hacer y cómo hacerlo sin tener que escuchar una palabra.

Uno de ellos se acercó al prisionero y lo sentó en una silla de madera que otro había acercado. Tomó sus muñecas y las amarró a cada uno de los descansabrazos con una cuerda, acto seguido tomo una delgada pero larga cuchilla y sin dudarlo ni un segundo, la incrustó en una de sus muñecas dejándola unida a la silla. El prisionero tembló un poco y torció un tanto su cara, pero no dejó escapar ni un sonido.

El jefe continuó:

- ¿Lograste recordar algo?

No hubo respuesta, así que otro de los tipos se apresuró a darle un buen combo de golpes en el estómago mientras otro le envolvió el cuello con una gruesa cuerda, jalándole la cabeza hacia atrás.

- Sabes, no te voy a matar hasta que escupas todo lo que sabes, pero si no empiezas a hablar ahora mismo, en un minuto voy a hacerte desear tu muerte, tu pequeño traidor.

- ¿Dices que te traicioné? ¿Cómo es que hice tal cosa? He hecho todo como me lo has pedido sin dudar un segundo.

- ¿Entonces no lo recuerdas todavía? Bien.

Otros dos tipos se acercaron desde el fondo de la habitación. Uno llevaba otro rollo de cuerda en sus manos y rápidamente le amarró los pies a las patas de la silla. El otro miró la mano derecha del prisionero que aún tenía la cuchilla incrustada y dirigió su atención hacia la otra mano, sacó algo parecido a un cortador de puros y lo acercó a sus dedos. Sonriendo maliciosamente lo miró primero a él y después al jefe. Este último volvió a sonreír, divertido por la situación.

- Como dije que sería bueno contigo, te dejare elegir cuál de tus dedos prefieres que cortemos primero.

- Jefe, escúcheme por favor, quien sea que le haya informado sobre mí, está equivocado. No soy un traidor, por qué lo traicionaría si no tengo nada más en este mundo.

- Córtale el meñique.

En un parpadeo, su dedo rodó por el suelo y la sangre comenzó a salir. El que había amarrado antes sus piernas, ahora traía un objeto metálico incandescente, rápidamente tomo su mano y lo aplastó contra la parte que sangraba, deteniendo la hemorragia, pero dejando un asqueroso olor a carne quemada y un dolor inimaginable.

- No dejaré que mueras hasta que lo digas, te lo dije antes.

El prisionero que antes había estado intentando contenerse, ahora apenas lo podía soportar.

- Me gusta tu expresión actual, es la de alguien que está a punto de sincerarse. ¿Has empezado a recordar algo?

El hombre en la silla se retorcía de dolor sin poder decir nada.

- Oh si, duele. Lo sé, pero aun así te recomiendo que empieces a hablar, ese dolor que sientes ahora, se pondrá peor a menos que decidas contarnos la historia por la que nos hemos reunido hoy. Esa historia de cómo traicionaste a las personas que te dieron refugio cuando lo necesitaste o más bien, como las engañaste y les hiciste creer que necesitabas ayuda.

La vista del hombre en la silla se comenzó a nublar a causa del dolor y la sangre que había perdido. Tenía una cuchilla incrustada en su mano izquierda, había sido golpeado innumerables veces y en su mano derecha, lo que quedaba de su dedo estaba totalmente quemado por el metal al rojo vivo que habían usado antes.

- Que no se desmaye. – dijo el jefe con voz grave- Se agotó mi paciencia, tu pedazo de mierda. Ahora verás como es que en realidad tratamos a nuestros invitados. ¡Traigan las pinzas de corte!



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